viernes, 9 de julio de 2010

MEMOrias de los cines nacionales.


Una de las formas de entretenimiento que más he disfrutado desde que era niño es la de ir al cine a ver una buena película. El cine- o séptimo arte como también se le conoce-me ha dado infinidad de momentos felices y tristes; pues he reído como loco con sus comedias, he soltado una que otra lágrima con sus tragedias, y también -tengo que admitirlo-, me he “cagado” del miedo viendo películas de terror.

El cine también ha sido fuente inagotable de conocimientos, cultura y aprendizaje para mí, pues fue por medio de las películas donde comencé a aprender mis primeras palabras en Ingles cuando veía los cortometrajes de los dibujos animados que ponían antes de la película. Además, fue por medio del cine donde por primera vez conocí las historias épicas de las guerras helénicas griegas y sus héroes; las historias de las mil y una noches y los viajes fantásticos de Simbad el Marino, etc. También disfruté las películas de vaqueros de John Wayne, las de aventuras de Errol Flint, las películas musicales de la MGM; las películas de guerra de la FOX, las de terror de los estudios Universal, los dramas de la Paramount, las cómicas de la Warner Bros.; así como también toda clase de películas mexicanas como las de Pedro Infante- que me hacían chillar a moco tendido-, las del El Santo, el enmascarado de Plata; y las cómicas de Cantinflas, Tín Tán y las de Viruta Y Capulina.

También la pantalla de plata me sirvió para viajar otros países sin salir de la sala de cine y de conocer otras culturas, pues por medio de sus imágenes viajé a las arenas del desierto del Kalahari, a la Patagonia Argentina, a la Rusia zarina, a la Alemania nazi y a la España del Quijote.

Desde que era niño, mi papá me llevaba a ver las películas cómicas del cine mudo, cuyos artistas principales eran Chaplin, Buster Keaton, Harold Lloyd, y Laurel and Hardy. Muchas de ellas las vi en el antiguo Cine Popular al que el populacho le había puesto el mote de “El Pulgoso”, que luego sería renovado y rebautizado como Cine Libertad, y que hoy ya se encuentra en abandono y desuso .En sus paredes laterales estaban las “galerías”, así que había que ver la película “de lado”; abajo se encontraban las butacas de “palco” y “platea”, que eran sillas individuales. También recuerdo que en esos días se permitía la entrada de los vendedores ambulantes que vendían adentro del cine toda clase de golosinas, refrescos y gaseosas, fruta, cigarros, agua, etc.

Cuando ya estuve más grandecito, ya me daban permiso para ir solo al Follies, al Apolo. al Paris, al Central, al Capitol, el Teatro Nacional, al Cinelandia y al cine México que eran los cines que estaban cerca del centro de la capital. A los que tenía que ir acompañado era al Roxy, al Modelo, al Fausto, al cine Avenida, al Iberia, al América y al Darío, pues me quedaban un poco más retirados y tenía que tomar bus.

Mis cines preferidos en esos años eran El Regis, El Central y el Darío, pues sus butacas eran muy cómodas, semi-reclinables y aterciopeladas. En esos tiempos todavía existían los “acomodadores”, que eran empleados que con una lamparita lo acompañaban a uno a buscar asiento cuando ya la sala estaba a oscuras.

Muchos cines ofrecían lo que se llamaba “permanencia voluntaria”, o sea que uno podía entrar y salir a cualquier hora. Los días domingos ofrecían los “matinees”, los “dobles” y los”triples”. También se pusieron de moda las películas “prohibidas para menores de 14, 18, 21 y 25 años, que no eran películas porno, pero en esos tiempos, el solo hecho de verle las pantorrillas torneadas a la actriz y ver que le daban un besito en la nuca, era motivo suficiente para que a cualquiera se le parara…el corazón.

La primera vez que fui a ver una película prohibida para menores de 18 años casi me da un infarto al verle las chichotas a la escultural actriz argentina Isabel Sarli.
Comparado con las películas porno de la actualidad, esas películas de entonces son como ver las de Mickey Mouse en la actualidad.

Los cines más lujosos y costosos de San Salvador en los años sesentas y principios de los setentas eran el Deluxe y el Caribe, que quedaban en la colonia Escalón. No recuerdo haber ido nunca a ellos porque allí exhibían las películas en estreno y el precio de admisión de entonces (un colon con veinticinco centavos), era demasiado elevado para un cipote de catorce años, hijo de dominio, como yo.

En época de vacaciones lo primero que hacía era ir a comprar el periódico y empezaba a leerlo en la sección de cines para ver cual película daban en cada cine y a ver qué película iba a ir a ver. Los precios de las entradas oscilaban entre veinticinco y sesenta centavos de Colón. Con un peso se veía la película, se compraba una gaseosa, un hot dog y diez de Delta… y todavía le sobraba a uno los diez centavos para el bus de regreso a la casa. Hoy, se necesitan más de veinte dólares para ir al cine.

Algunas salas de cine también sirvieron como salas para conciertos de música clásica como los fueron El cine Darío, el cine Libertad, que albergó el primer festival de música clásica en nuestro país a mediados de los sesentas al cual asistieron músicos consagrados a nivel mundial como el chellista español Pablo Casals.

Debido a la gran afluencia de espectadores a los cines, se fueron abriendo nuevas salas como el cine Terraza, el Vieytez, el Universal, el Metro, el Izalco, El Majestic, el Paseo, y muchos otros que se me han olvidado los nombres.

Pero ahora, desde que se popularizaron las películas en formatos caseros como el Betamax, el VHS, el DVD, y ahora últimamente el Blue Ray, los cines han disminuido considerablemente su popularidad y han visto disminuir sus ingresos y muchos han optado por cerrar y han quedado en abandono. Es por eso que hoy algunos de los edificios que antes se veían llenos de luz y colorido y repletos de personas ansiosas por entrar a ver la última película de moda; hoy sirven como salas de oración para iglesias protestantes, o como bodegas.

Muchos fueron destruidos con los terremotos que han afectado a nuestro país y de otros solo han quedado solo la fachada y la oxidada marquesina como mudos testigos donde alguna vez se anunciaron a grandes estrellas como Clark Gable, Marlon Brando, Marilyn Monroe, Elizabeth Taylor; y grandes peículas como “El Padrino”, “Lo que el Viento se llevó”, “Citizen Cain”; así como también películas populares como “Nosotros los pobres” de Pedro Infante.

Yo sigo con mi afición al cine, pero ya no asisto tan a menudo como cuando lo hacía en mi infancia y juventud, pues es más barato y conveniente rentar una película que ir al cine, pero no es el mismo ambiente ni se siente la misma emoción verla en la casa, que verla en la gran pantalla plateada, como cuando lo hacía cuando iba al cine con mi papá a ver las películas mudas del inmortal cómico Charles Chaplin.



2 comentarios:

Anónimo dijo...

jajajaj sos fabuloso Guillermo para recordar mi ninez y mi juventud, fijate que el primer cine que yo visite fue el Tropicana y recuerdo que la pelicula que fui a ver es la de "Marcelino Pan y Vino" por cierto en blanco y negro y la segunda fue la de "Santa Claus" y aun guardo en mi mente las luces del cine en su techo que semejaban estrellas.
Aunque la primer pelicula que vi fue en el cine al aire libre que ofrecia por las noches y gratis el Parque Infantil o Campo de Marte y la pelicula era El Monstruo de La Laguna Negra recuerdo que la gente se sentaba en el suelo de cemento que por cierto era la cancha de basketball.
Salu Guillermo tu amigo bigotes.

Memo dijo...

Hola Luís, gusto de verte de nuevo por aquí.

Creo que la película Marcelino pan y vino fue también de las primeras que yo vi.y creo que fue en el cine Apolo, en la segunda planta, y que me daba un poco de miedo porque parecía que uno se iba a caer al piso de abajo por lo empinado que estaban sus butacas.

Recuerdo también la película del Mousntruo de le laguna negra. Lo que ya no me acordaba era del cine Tropicana, que creo quedaba por la calle Concepción.

Si me acuerdo del proyector que estaba en lo alto de una torre en forma de cámara de película y de la pared gigante en la cancha de basquet del parque infantil que servía de pantalla para ver las películas, pero nunca fui a ver ninguna película allí.

Yo iba casi todas las tardes al Cinelandia porque Kiko (el hermano de Pijita) era el que vendía los dulces en la entrada y me metía de choto por la puerta de atrás que daba a los servicios y salía al callejón.

Salú.

Tu chero.

Memo.