domingo, 13 de abril de 2014

MEMOrias de mi padre y su piano

Mi abuelo paterno se llamaba Cándido Flamenco. Era músico de profesión.

Se dedicaba a tocar el órgano y el piano en las iglesias del centro de San Salvador en la primera mitad del siglo XX.
Sus estudios de solfeo y música los había hecho en el Colegio Divino Salvador y en Costa Rica financiados por el arzobispado de San Salvador, pues mi abuelo había quedado huérfano desde muy pequeño, y los curas se habían encargado de sus necesidades básicas y de su educación. Así que, la forma de recompensarlos por su manutención, era la de animar, con su arte musical, las misas y ritos religiosos.

Mi abuelo también era maestro de música y canto de varias escuelas públicas y privadas, y era compositor y arreglista de danza y música folklórica. Entre sus composiciones más conocidas se encuentran “La Suaca” y “Las indias comaleras”.



Mi abuelo murió en la pobreza y olvidado por las autoridades legislativas que nunca le otorgaron una pequeña pensión honorífica para que viviera decentemente los últimos años de su vida en recompensa del legado cultural musical y educativo que heredó a la nación.

Don Cándido- así le decía mi papá a mi abuelo- tuvo varios hijos. Al primer hijo varón que tuvo con mi abuela, Cristina Sevilla, le puso de nombre José Ernesto, quien sería mi padre.
Mi abuelo quería que mi papá aprendiera su oficio de músico, quizás para que siguiera su tradición. Así que lo inscribió desde pequeño en el Conservatorio Nacional de música.
Mi papá realizaba sus estudios musicales a la misma vez de los de contaduría pública.

Me contaba mi papá que el oficio de músico de mi abuelo no alcanzaba para cubrir los gastos familiares, pues, de la limosna que se recaudaba de la misa, a mi abuelo le tocaba el diez por ciento, el otro diez por ciento era para el sacristán y el resto para la iglesia.
Y en esos primeros años del siglo XX, apenas reunían un Colon en la misa del domingo.
Así que, mi abuelo le daba a mi abuelita Tina, la fabulosa y extraordinaria cantidad de diez centavos de Colón; y con ese dinero tenía que darle de comer los tres tiempos a sus ocho hijos y a ellos dos. Aparte de vestirlos, calzarlos y pagar la pieza del mesón donde vivían.

 
(Foto familiar de mi padre rodeado de cuatro de sus hermanos)

Me contaba también mi padre que el examen final de sus estudios musicales consistía en tocar el piano frente a sus maestros y público en general. Y para ello tenía que vestir de traje completo.
Mi abuelo era muy pobre y no podía comprarle un traje a mi papá solo para que diera el examen.
Así que, como pudo, pidió prestado saco, pantalón, camisa y corbata a algunos amigos; pero no consiguieron a nadie que les prestara un par de zapatos de la talla de mi papá que estuvieran presentables y en buen estado, pues mi papá no tenía zapatos buenos que ponerse.

Mi papá no quería ir así al examen, pues ya estaba un poco grandecito y le daba vergüenza que lo vieran de saco y descalzo. Pero mi abuelo era muy estricto y enérgico (cualidad que también heredó mi papá) y lo obligó a ir al examen.

Así que mi papá caminó, desde el mesón donde vivían, todo el centro de San Salvador hasta el Teatro Nacional, se sentó frente al piano y rindió su examen final ante maestros y público, vestido muy elegantemente con traje completo…”y chuña”.

Mi papá nunca le perdonó a mi abuelo ese detalle y jamás se dedicó a la música como mi abuelo le hubiera gustado porque mi papá decía que “de músico nunca hubiera salido de pobre”, y él juró salir de la pobreza, pues había vivido en carne propia las necesidades que padecían todos en su familia, pues lo que mi abuelo ganaba como músico no alcanzaba para alimentar diez bocas.

Así que mi papá desde muy joven, empezó a ver como ayudar con los gastos de la casa.
Apenas cumplidos los 19 años emigró a Panamá a trabajar en la Zona del Canal.


(El joven Ernesto Flamenco a los 22 años de edad. Foto tomada en mayo de 1944 en ciudad de Panamá)

Tiempo después regresó a nuestro país y se metió a la publicidad radial en la YSU y en la YSEB.
Fue miembro del equipo de transmisión deportiva para los VII juegos panamericanos en 1954 realizados en México, donde El Salvador ganó su primer campeonato Norceca de futbol, ganándole la final al anfitrión.

Pero mi papá siempre quiso tener su negocio propio. Así que dejó su empleo en la radio y puso una pequeña imprenta, la cual, poco a poco, fue creciendo hasta llegar a tener varios empleados. Aparte de sus negocios de tipografía e impresión también compraba pianos viejos en mal estado, y maquinaria de imprenta, los cuales reparaba y luego los vendía.
Y así, después de muchos años de arduo esfuerzo y trabajo honrado, mi papá logró salir de la pobreza en la que vivió su infancia y juventud.

Aunque mi papá no se dedicó a la música como medio de ganarse el sustento diario, nunca la abandonó. La tenía como pasatiempo. Era su “hobbie”, pues mi papá llevaba la música en la sangre. Herencia de mi abuelo.

 Pero no le gustaba cualquier clase o estilo de música. ¡No señor!

 El oído de mi papá no era para las cumbias, el merengue, el Rock and roll o las rancheras que dan cólera. ¡Dios guarde! Esa no era música para él.

-“Esa es música para pendejos”- decía mi papá.

Mi padre tenía el oído fino y sofisticado, y su predilección era escuchar las obras de los grandes maestros clásicos como Chopin, Beethoven, Grieg, Mozart, Tchaikovski, Debussy, Wagner, etc. Tenía toda una colección de discos LP de música clásica que ponía a todo volumen casi todos los días a la hora del almuerzo.
Además, en una esquina de la sala de la casa, había un piano que tocaba en contadas ocasiones.

Y aquí es realmente donde empieza la historia que les quería contar...

 ...Las imágenes que tengo en mi memoria de mi padre tocando el piano se remontan desde cuando yo tenía quizás unos seis años de edad.


Todos los días, a la hora del almuerzo, mi papá ponía a tocar en una vieja radiola Telefunken, uno de sus LP de música clásica. Después de comer tomaba una siesta de unos treinta minutos antes de empezar la faena de la tarde.

Cuando despertaba, y si se sentía de humor, se sentaba en el banquillo frente al piano de la sala, empezaba a agitar sus manos con un movimiento de arriba hacia abajo para estirar los tendones, y empezaba a brotar todo un torrente de melodías y música maravillosa que fluían de sus dedos prodigiosos y de su piano mágico.

La casa y el vecindario entero se inundaban que aquel diluvio de música exquisita, cristalina y fina. Tanto que, si por casualidad se escuchaba alguna radio alrededor, lo apagaban para escuchar mejor lo que mi papá estaba tocando.

Algunas veces mi papá me sentaba a la par suya en el banquillo frente al piano, y yo le veía sus manos que se movían, a mil millas por hora, de izquierda a derecha y viceversa, y escuchaba embelesado toda aquella música que parecía bajar del mismísimo cielo, y quedaba asombrado del talento tan grande y natural que tenía mi padre para tocar el piano.

 Entre las muchísimas melodías que mi papá interpretaba recuerdo el concierto No. 1 de Tchaikovski, el “Ave María” de Schubert, el “Claro de luna” de Debussy, “Rapsodia en azul” de Gerhwin, los valses de Strauss, “La danza de las horas” de Ponchielli, y muchas otras.

Pero no solo tocaba música clásica, también tocaba alguna que otra música popular. Como el Tango “Celos”, el vals “Bajo el almendro” de Granadino y uno que otro swing de Glen Miller y Artie Shaw.

Su estilo interpretativo era muy parecido al de Liberace y al de Carmen Cavallaro, a quienes él admiraba mucho.

Tenía especial predilección por las obras del cubano Ernesto Lecuona. A nadie he escuchado interpretar de una mejor manera “La Malagueña” y “Serenata matutina” como a mi padre.



¡Realmente era un virtuoso del piano!.

Quizás algunas personas que lean esto dirán que exagero, pues estoy halagando a mi padre. Pero aquellos que lo conocieron, y los pocos que lo escucharon, darán fe que lo que digo es cierto.

Su único público fuimos solamente mi madre, mi hermano, nuestros vecinos, mis tíos y primos que llegaban de visita a almorzar a mi casa, amigos de la casa, y tal vez uno que otro transeúnte que caminaba enfrente de nuestra casa y que se detuvo por unos segundos para ver de donde salía tanta música; y Memo, su hijo,- quien escribe éstas líneas-, que tuvo la dicha de sentarse a la par suya y apreciar su arte musical y de haber recibido, como herencia ancestral, de abuelo a padre, y de padre a hijo, el gusto por la buena música.

Mi padre me animó a aprender música, y me compró un acordeón, y aprendí a tocar unas cuantas melodías que él me enseñó. Pero, por más empeño que le puse, y por más que quise, la lectura de la solfa nunca me entró en la cabeza pues se me hacía mas difícil que aprender a leer en chino.

 Mi padre vivió los últimos años de su vida conmigo, en Los Ángeles, Ca. y pasamos muchas tardes y veladas juntos escuchando la música que a él tanto le gustaba.
Pero, para entonces ya no podía tocar el piano, porque el mal de Parkinson ya le había afectado su sistema motriz y nervioso, enfermedad que al final, lo venció.

(Mi padre, Don Neto, en mi casa de Los Ángeles, a mediados de los 90s, tocando un órgano electrónico)

Desde hace diez años, mi padre, Don Ernesto Sevilla Flamenco, duerme el sueño eterno junto a mi madre y hermano en Jardines del Recuerdo de San Salvador.

¡Ah, y gracias a su trabajo honrado de toda una vida, no murió pobre como mi abuelo!

¡Infinitas gracias padre mío por darme la vida, por todo tu cariño, amor, sabiduría y todos los consejos que me diste para que fuera una persona de buenos principios, honesta y trabajadora!
¡Tus palabras y enseñanzas no cayeron en saco roto!

¡Y muchas gracias por sentarme a tu lado en el banquillo frente al piano para que te escuchara y apreciara la belleza del arte de la música y hacer que me enamorara de ella!

¡Tu hijo, que te recuerda con muchísimo amor y gratitud!.

 Memo.

11 comentarios:

Anónimo dijo...

DIOS TE BENDIGA MEMO: Por recordar de tal manera a tu padre y honorarlo como todo bueno hijo debe hacerlo. Y que Dios tenga en su seno a los seres queridos que se adelantaron a lo que tu llamas el sueno eterno.
Tu amigo bigotes.

Memo dijo...

Muchas gracias por tus comentarios Luís.

De verdad te agradezco que te tomes el tiempo de leer y comentar lo que escribo.

Saludos.

Tu amigo desde la infancia.

Memo.

anunciese dijo...

He disfrutado mucho su relato don Memo. Coincidentemente, conocí y fui alumno de don Candido Flamenco. Si mal no recuerdo, el era de tez blanca. El nos impartial clases de música en el nivel de primaria cuando estudié en la Esc. Carmen E. Alvarez. Allá por el Venustiano Carrranza. Quizas no salimos muchos músicos, pero si aprendimos la solfa que es el abecedario de la música. Saludos caro amigo.

Roberto Rodrífuez Flores

Memo dijo...

Hola Don Roberto. Gusto de saludarlo de nuevo.

Si, mi abuelo era de piel blanca, aunque era mestizo. Nació en el Oratorio de Concepción, Depto. de Cuscatlán.

Nunca supe quienes fueron sus padres, pero, por el apellido gitano que tenía, tenía algo de descendencia española.

Yo también alcancé a recibir clases de música de mi abuelo en quinto grado de primaria en el Nuevo Liceo Centroameicano, que quedaba enfrente de la Iglesia de La Merced. El vivía a una cuadra de allí y mi familia, a la vuelta, enfrente donde los Ferrufino, dueños del Liceo.

Ya para entonces estaba muy anciano, pero seguía dando clases y tocando en las Iglesias.

Mi papá tenía una imprenta sobre la 10a. Ave sur, a la vuelta de la Policía Nacional, que se llamaba "Editorial Flamenco". A lo mejor pasó algunas veces por allí y se acuerda del lugar.

saludos de nuevo Don Roberto y muchas gracias por sus comentarios.

Su chero.

Memo.

Carlos Eduardo dijo...

Nosotros, con mi hermano gemelo que en paz descanse y yo, también tuvimos el honor de recibir clases de canto de don Cándido Flamenco cuando cursábamos el primer y segundo grado de la primaria en el Nuevo Liceo Centro Americano, opuesto a la Iglesia de La Merced en donde los próceres de la nueva República repicaron las campanas de la independencia. Vivíamos en la casa sobre la 10a Avenida Sur que años después, mi madre se la vendió a los señores Ferrufinos, quienes eran los dueños del colegio. Habra sido tal vez 1958-59 cuando don Ruben, el director de la primaria, nos lo introdujo en el aula aludiendo que don Cándido había sido ganador de un premio en Miami tocando con el piano la composición Bajo el Almendro. Yo me recuerdo de él con mucha estima y lo he buscado en el Internet en varias ocasiones desilusionado sin resultados hasta ahora. Me entristece saber que el gobierno nunca lo reconoció por su contribución musical educativa a la juventud del pueblo y compartió el destino ingrato de muchos de los grandes maestros del arte.

Anónimo dijo...

Yo tambien soy flamenco con mucho orgullo y gracias por esa foto ya que ahi aparece mi abuelo Carlos Flamenco

Anónimo dijo...

El nos enseño que la vida no es facil,nos decia que hay que luchar todos los dias grande Carlos Flamenco con cariño PAPAYULL rgarayflameco@gmail.com

Memo dijo...

Hola anónimo. Si eres de apellido Flamenco y eres nieto de mi tío Carlos, entonces yo soy tu tío. No se hijo de cual de mis primos eres hijo, si de Carlos, de la Conchita o de otro. Saludos.

m.flam57 dijo...

Hola Memo, soy tu primo Mario Ernesto.
Me ha dado mucha alegría saber que has comenzado a documentar y publicar las historias familiares. Como tu sabes hay MUCHO MAS que relatar. Como miembro de la familia puedo dar fe de que todo lo que has escrito es parte de los relatos que escuché desde muy pequeño tanto a tu padre, como al mío y a los demás tíos y tías nuestros.
Hace mucho tiempo ya que sigo pensando que es necesario entrevistar a algunas personas, ya muy mayores, como nuestra tía Isabel, para escribir sus relatos antes de que nos dejen y así preservar la memoria de los que nos precedieron.
Saludos.

Sara dijo...

Hola, gracias por contar la historia, es importante para las niñas y niños salvadoreños conocer la historia, me gustaría saber si no tienen una foto de Don Càndido, en el colegio de mi hijo les han dejado la biografía y no hemos encontrado ni una sola foto.
Saludos

Memo dijo...

Hola Sara, gracias por su comentario. Usted no es la primera que me pide una foto de mi abuelo Don Cándido. Desafortunadamente no tengo ninguna, pero le voy a escribir a una prima que vive en El Salvador, talvez ella tenga alguna para compartirla. Gracias de nuevo por escribirme.

Memo.