domingo, 15 de diciembre de 2013

MEMOrias de Diciembre.

Diciembre siempre lo he considerado el mes melancólico, pues cada vez que el doceavo mes anuncia su retorno anual en el calendario, me entra una especie de tristeza aletargada.

 No se si será provocada o influenciada por los días plomizos de invierno, o por los imborrables y lindos recuerdos de las navidades de mi infancia y juventud en mi país que ya no volverán, o quizás por la ausencia de mis padres y familiares que ya partieron en el viaje sin retorno, o por la carrera loca y desenfrenada de ahorrar y tener dinero suficiente para los regalos y la cena de navidad; o simplemente, la combinación de todo lo anterior.

La cosa es que en los últimos años, diciembre me pone medio agüevado.

Así que para quitarme el agüite, me puse a recordar los momentos alegres que diciembre me dejó y quise compartirlo con ustedes, pues, a lo mejor, se identifican con algunos de ellos.

El cielo de los diciembres de mi infancia era claro, con pocas nubes, sol radiante, pero con mucho viento. Época que los cipotes aprovechábamos para ir a encumbrar piscuchas, ir a bañarnos a algún río, hacer alguna caminata en grupo, ir al cine, o al estadio a ver jugar al Alianza o al Juventud Olímpica, ir a patinar al Parque Infantil, o simplemente, reunirnos en la casa de algún chero para oír la música de la Nueva Ola y los “picks de radio Femenina” en alguna radio de transistores.

Diciembre era mes de vacaciones de escuela, así que no tenía que hacer deberes; pero mi tata -que en Gloria esté-, se encargaba que no pasara todo el día vagando y sin oficio. Así que me compró una enciclopedia Grollier, de esas que tienen como ochenta tomos y que vendían a plazos, y me ponía a leer algún tema y tenía que hacerle un resumen, y al final del día se lo tenía que explicar. Y si no me lo podía, me zampaba cinco coscorrones en la cabeza. Y mi papá tenía la mano pesada. Así que, cada vez que diciembre asoma su nariz, me empieza a dolerme la cabeza de acordarme de sus coscorrones.

Diciembre era también el mes de la celebración de la Virgen de Guadalupe. Mi mamá me vestía de indito con un traje de manta, me ponía caites, un sombrerito con un montón de guilindujes de colores chillones, un tecomatío, una cumita, y me pintaba con tile un largo y grueso bigote.
 Tomábamos rumbo a la Ceiba de Guadalupe en la ruta 101 que va a Santa Tecla. En esos tiempos yo sentía el trayecto súper largo, pues cuando uno está cipote, el tiempo parece que no camina. Caso contrario cuando uno ya está viejo, el tiempo parece que va volando y uno quisiera que se detuviera.

Cuando llegábamos a la Ceiba, entrábamos de rodillas a la iglesia, prendíamos una vela y se la poníamos a la imagen de la Virgen. Oíamos la misa de mediodía, rezábamos el rosario, y a la salida, comprábamos hojuelas con mielita, y yuca con chicharrón que vendían en las afueras de la iglesia.

Pasado el día de la Virgen de Guadalupe, íbamos casi todas las noches al centro de San Salvador a ver las vitrinas para ver los juguetes y los vestidos para el estreno de Navidad. Antes, como no existían ni Metrocentro, ni Plaza Mundo, ni Galerías, ni Las Cascadas, ni ningún centro comercial por el estilo, todos los almacenes estaban en el Centro. Todo quedaba relativamente cerca. Como la delincuencia casi no existía, era muy seguro caminar. Así que casi todo el mundo andaba por las calles de San Salvador. Era frecuente encontrarse con amistades y familiares en una cuadra, y al rato, volverse a ver de nuevo, porque todos andaban dando vueltas por el Centro, unos en un sentido y otros en sentido opuesto.

Diciembre era época de posadas y pastorelas en el barrio, ocasión que los imberbes jovenzuelos de entonces nos ofrececiamos de voluntarios para cargar las imágenes de la Virgen y San José para estar cerca de las cipotas que nos gustaban, y que era la única ocasión en todo el año que a las bichas no las andaban cuidando las nanas porque andaban atareadas atendiendo a los invitados, y repartiendo horchata con suspiros y vasitos de vino Cinzano en la casa de la posada.

 Mi corazón palpitaba a millón por minuto y sentía maripositas en el estómago cuando la cipota a la que le andaba cayendo me miraba de reojo y me hacía ojitos coquetos, y me mandaba de escondidas, con la complicidad de una amiga para que su nana no se diera cuenta, un papelito perfumado y con dos corazones dibujados con nuestros nombres y entrelazados con una flecha. Amor tierno e inocente de bichos virgos, sin morbo y libre de pecado.

Todo el mes de Diciembre era de preparativos para la Navidad. Mi abuelita se encargaba de poner el Nacimiento, mi papá de comprar los cohetes, de poner el arbolito, mis tíos se encargaban de la radiola y la música, la bailada, y mi mamá de la comida. Mi hermano y yo, nos encargábamos de abrir los juguetes, reventar la pólvora y comer chompipe, escabeche y ensalada rusa hasta reventar.

Pasadas las doce de la noche, los abrazos, la destapadera de regalos y la reventazón de cohetes, había que acompañar a la abuelita a misa de gallo a la parroquia de la Merced a dar las alabanzas por el acontecimiento más glorioso e importante de toda la humanidad, el nacimiento de Jesucristo.
Al día siguiente, tempranito, era de empezar a buscar los cohetillos que no reventaron entre los volcancitos de papel periódico, para terminarlos de reventar y empezar a disfrutar los juguetes que nos había traído el Niño Dios.

Tiempo después ya siendo adulto, casado y con tres hijos, recuerdo también que Diciembre era tiempo de recibir el aguinaldo, o “aguilucho” en el trabajo, que más tardaba en llegar que en desaparecer en menos de lo que canta un gallo, y que servía para comprarle los juguetes a los hijos, para el vestido de moda de la esposa y hacerse los “rayitos” en el pelo, y para comprar un par de “botánicas” para el 24 y el 31.

Era época de oír música navideña por todos lados, de fiestas de despedida de año en el trabajo, de intercambio de regalos en los cuales por mala suerte te tocaba intercambiar regalos con el jefe o con alguien que te caía mal; era época de ir a comprar el chompipe al Chiquero, de quedar bien con el vecino para ver si le podíamos caer de paracaidista en la cena de noche buena. En fin, era época de compartir lo poco que se tenía con todo el mundo, y de desearle paz, dicha y prosperidad.

Luego venía el 31, y la fiesta de despedida del año viejo en mi casa era fenomenal, pues las puertas estaban abiertas de par en par para el que quisiera entrar y todo el mundo eran bienvenido: familiares, vecinos, amigos, enemigos, empleados, conocidos, desconocidos, borrachos, abstemios, moteros, huele pegas, religiosos, ateos, seguidores del Marte o del FAS, derechistas, izquierdistas, pobres, ricos, jóvenes o viejos, cheles o prietos.

 El abrazo de las doce era con besos y lágrimas...lagrimas de felicidad!!, deseándonos dicha, salud, paz y prosperidad.

Ya todo eso ha pasado a ser parte de mi historia, de mis recuerdos y de mis memorias.

Hoy vivo desde hace más de 30 años en un país que, aunque me ha dado la oportunidad  de prosperar económicamente y la suerte de tener un mejor nivel de vida; me cobró la factura a un precio muy elevado al quitarme la oportunidad de compartir muchos más diciembres  y una mejor calidad de vida junto a los seres que más amo. Esa calidad de vida que no se compra ni se vende con dólares; sino con amor, el verdadero amor hacia nuestros semejantes.

Y ese es el mensaje y el mandamiento que nos dejo Jesucristo:
"Amaos los unos a los otros".

Ahora quizás me entiendan porqué Diciembre siempre me pone melancólico.

Memo